El corte
Un corte puede ser un chasco, un corte de pelo, de helado, de mangas o de psicoanalista.
El de psicoanalista parece concatenar todas las otras acepciones.
En psicoanálisis el corte consiste en interrumpir una sesión en un momento dado de la misma, para señalar algo al analizante.
Por ejemplo, que no está diciendo nada y su palabra es vacía –como decía Lacan-; que no está hablando desde él; para subrayar algo referente a la transferencia, etc.
El corte tiene su función en psicoanálisis, como nos enseñó Lacan. Él practicó el llamado “tiempo libre”; expulsó de su práctica los consabidos cuarenta y cinco o cincuenta minutos de rigor en cada sesión, ni uno más, ni uno menos, sin tomar en cuenta para nada lo que en ella ocurría. Cincuenta minutos que venían dados de antemano como si de una ley emanada de un gran otro se tratara. “En las tablas de la Ley pone cincuenta minutos”(algo así parece ser la justificación).
Lacan recuperó el sentido del tiempo en las sesiones y lo subjetivizó tal y como corresponde al tiempo lógico. El tiempo cronológico es una convención y el lógico es el del inconsciente, que es quien rige en las sesiones.
Pero como resulta que los analistas no estamos vacunados contra actitudes perversas y, por tanto, no nos hallamos exentos de ellas, resulta que una mala praxis de esta función del corte puede conducir a un analizante a quedarse “helado” cuando se encuentra con el “·chasco” de que su sesión ha durado diez minutos y hay otra persona esperando en el recibidor de la consulta del analista y, además, constata que está citando a sus pacientes cada cuarto de hora. Entonces siente el “corte de pelo” (la tomadura) en sus propias carnes y repara también, que los cortes que le hace su analista son, en realidad, “cortes de mangas”.
Es bien cierto que cada analista puede disponer y distribuir su tiempo como mejor le plazca, y puede realizar el contrato terapéutico con sus pacientes de la forma que ambas partes acuerden. Lo perverso aquí sería el “hacer ver”, figurar, que se efectúa un corte de la sesión con finalidades, digamos, terapéuticas, cuando los fines son, en realidad, únicamente lucrativos.
Un analizante que se analizaba con un analista lacaniano y que provenía de un análisis anterior con un analista de estos de los cincuenta minutos exactos, se encontró un día, con que le interrumpieron la sesión a los siete minutos exactos de haber empezado. El analista le soltó así de sopetón:
-¿Puede Vd. venir otro día esta semana?.
Dando la sesión por terminada.
-No, no tengo ninguna hora disponible para poder venir.
-Entonces, venga Vd. el sábado a las diez.
Muy enfadado el hombre, le espetó:
-Un día voy a venir a pagarle y marcharé.
A lo que el analista respondió:
-¿Y por qué no?
Y se despidieron hasta el próximo sábado.
El analizante se quedó muy asombrado por la respuesta que le dio el analista a su impertinencia. “¿Y por qué no?” La frase le quedó clavada en el cerebro y no cesaba de repetírsela tratando de encontrarle algún sentido escondido más allá del corte (en el sentido de chasco) que le había propinado.
Pronto aparecieron las primeras luces. Cortó la sesión y le convocó para otro día a la espera de que estuviese dispuesto a decir algo. Había usado los primeros siete minutos de su sesión diciendo banalidades sobre el mal tiempo que hacía y sobre lo muy molesta que es la nieve en la ciudad. El analista no hizo otra cosa que convocarle como sujeto. Marcó que era él, el analizante quien llevaba la sesión y utilizaba o desperdiciaba su propio tiempo; que era él quien quería o no quería saber algo más sobre sí mismo. El deseo en las sesiones corre a cargo del analizante. “¿Y por qué no?” El analista se mantuvo en su posición de analista. No hubo discusión, ni justificación, ni aprobación, ni rechazo. Hubo, eso si, delimitación y definición de posiciones.
Este es el verdadero sentido del corte, en este caso en su doble acepción: como interrupción y como chasco.
Lo positivo es poder pensarlo.
No volvió a ocurrir nada parecido en todos los años que duró este análisis.

