Niños hechos con prisa
No me voy a referir a la eyaculación precoz ni al acto biológico de engendrar una criatura, sino a su crianza.
Los humanos somos la especie más altricial de la naturaleza. En biología se llaman altriciales a aquellas crías que nacen con grandes déficits de movilidad y autonomía. Aquellos cuyo organismo debe madurar durante mucho tiempo después de su nacimiento. En el extremo contrario encontramos los llamados precociales.
Entonces, resulta obvio y evidente que el cuidado que prodigan los padres a sus bebés es determinante para el buen desarrollo del niño. Nadie y desde ninguna disciplina científica a discutido este extremo. Existe un acuerdo universal.
Se han descrito y existen gran cantidad de casos de daños neurológicos o déficits importantes en la maduración del individuo por deficiencias y/o insuficiencias graves en la atención dispensada al bebé durante los primeros años de su vida. Y esto incluye la falta de cariño y de estímulos.
Síndromes hospitalarios, síndromes causados por el abandono o por la institucionalización en condiciones mayormente precarias o trastornos psíquicos graves por falta de amor; todo ha sido profusamente descrito por la literatura especializada. También hay que incluir en este capítulo el tema de los malos tratos, de la violencia ejercida contra la infancia –la de género está muy de moda- pero éste es otro género de violencia, ejercido indistintamente por hombres y mujeres, del cual se habla mucho menos de lo que debería hablarse dada la profusión de casos.
Prostitución, conflictos armados, violencia, condiciones de trabajo cruel, miseria, asesinatos, falta de comida, hogar y educación… Son sólo algunos de los problemas que conciernen a millones de niños en este mundo. Desde los niños soldados hasta los niños esclavizados por el trabajo y los prostituidos, etc, todos necesitan de los adultos del mundo, ayuda y protección.
Se calcula que aproximadamente 300 millones de niñas y niños de todo el mundo están expuestos a la violencia, la explotación y los abusos.
Un estudio que llevaron a cabo la Universidad de Bristol y el colegio de Economía de Londres, con el patrimonio de la UNICEF llego a la conclusión que mas de mil millones de niños y niñas –que constituyen más de la mitad de la población infantil de los países en desarrollo sufren carencias graves.(i)
Hay demasiados niños que tienen que destinar toda su energía física y psíquica a la supervivencia. ¿Qué energía puede quedarles para destinarla a generar un “deseo de saber”, a conocer y jugar con su entorno, con los objetos que les rodean? Niños “desactivados” de este modo no pueden asumir un aprendizaje reglado en ninguna escuela.
“Desactivados” porque es como si alguien les hubiese cerrado el interruptor que daría paso a la obtención de una correcta inteligencia emocional, de la capacidad para explorar su entorno ¿De dónde van a sacar las ganas para estudiar; para interesarse por cosas que no les interesan? ¿Esforzarse para complacer a quién o a qué?. No puede cabernos ninguna duda de que un niño, para su correcto desarrollo, necesita, como el pan, poder depositar una confianza absoluta en las personas que lo atienden, cuidan y prodigan cariño. Debe “saber” que no le va a faltar nada, ni que le pasará nada malo mientras esté bajo la protección de estas personas.
Existe, o debería existir, una confianza básica del niño hacia sus padres o hacia quien asuma las funciones. Una seguridad que brinde tranquilidad y equilibrio para poder dirigir su mente hacia el mundo exterior y aprender a relacionarse con todos los objetos que le rodean , aprender a jugar y a simbolizar. Si esta confianza no logra establecerse, entonces el niño queda sumido en la intranquilidad la zozobra y el desasosiego.
En conclusión, el buen contacto con los padres (en calidad y en tiempo) es básico para el desarrollo del niño.
Entonces veamos como van las cosas en nuestra sociedad, tan abocada al consumo y a la productividad, al reduccionismo y a lo práctico, tanto, que muchas veces los árboles no nos dejan ver el bosque.
Nuestra realidad es que cuando alguien tiene un bebé, empieza a crujir el sistema. Me refiero a una pareja trabajadora (si es que se trata de una pareja), que son la inmensa mayoría.
Empieza la angustia por el poco tiempo de que van a disponer para cuidar a su pequeño. ¡Dale el pecho al menos seis meses! Recomiendan los pediatras. Buena recomendación y primera contradicción.
Sabemos, por ejemplo, que la Academia Americana de Pediatría, de acuerdo con la OMS y la UNICEF, recomienda mantener la lactancia materna al menos durante un año. A partir de los seis meses combinada con otros alimentos complementarios; pero la madre sabe que a los cuatro meses debe reintegrarse al trabajo. Entonces ya empezamos mal. Lo correcto, el sentido común, anda a bofetadas con la organización social.
Luego empiezan los peregrinajes por las guarderías. Que si por las tardes que lo recoja tu madre. Que si una canguro de confianza. ¿Cómo puedes confiar lo más preciado y delicado de tu vida a alguien al que apenas ni conoces? Con el corazón encogido, por supuesto. Y dichosos aquellos que pueden contar con unos esforzados abuelos dispuestos a hacer la suplencia.
La guardería es una necesidad de los padres impuesta por la pésima organización social, pero nunca es una necesidad del bebé.
No tengo nada contra las guarderías pues, por cierto, en nuestro país, son mayoritariamente muy buenas y con excelentes profesionales, pero eso no las exime de su papel de sucedáneo y, como todos los sucedáneos, lo son de lo que debería ser.
Tampoco, ni muchísimo menos, contra los sufridos padres que tienen que hacer todos estos equilibrios con la consecuente angustia y colocar a su vástago en donde buenamente puedan.
Luego viene la escolarización propiamente dicha. Un mínimo de siete horas metido en aulas, con muy poco tiempo de juego y libre albedrío, con maestros intentando introducirle unos saberes que él no pide y que para nada forman parte de su mundo de intereses.
No contentos con eso, los mandan a casa con un montón de deberes por hacer, y ahí nos encontramos, generalmente, con una madre que, si ya ha regresado del trabajo, está nerviosa, cansada y con prisas. Agobiada, al fin. Ha comprado a toda prisa en un Super al salir del trabajo, tiene que poner urgentemente una lavadora, deshacer la mochila de deporte del niño, darle la merienda, impedir que se quede enganchado a la TV o a la videoconsola y obligarlo a hacer los deberes con el consiguiente gasto emocional del enfrentamiento y la exasperación ante la casi siempre disciplente actitud del infante, que además de grandes protestas, intenta escribir sin sujetar la hoja, con la cabeza apoyada en una mano que proviene de un codo que se halla a dos metros del papel y que tarda media hora en hacer algo que estaría listo en cuatro minutos. Luego a la ducha (otra batalla) y a hacer la cena y esforzarse para que el crío coma adecuadamente.
En este tipo de clima, el niño desganado, remilgón, lento y obtuso, pone literalmente “de los nervios” a sus padres. Y como colofón se libra la última batalla del día, que es la de que deje de ver la TV y vaya a la cama.
Tal es, o parecida, la escena típica y tópica de nuestras familias.
Poco contacto y de mala calidad.
Al día siguiente vuelta a empezar. Ya nos levantamos con prisa. ¡Venga, acaba de vestirte de una vez! ¡Llegaremos tarde!
Todo el mundo nervioso y corriendo, todos haciendo síntomas, el niño al “cole” y los padres a producir.
Los padres actuales se pasan el día cabalgando a lomos del corcel de la prisa.
Además, a esos presurosos padres, desde las costumbres en uso, se les suele recomendar que el niño haga refuerzo de inglés o de matemáticas, que haga algún deporte de equipo (por la cosa de la sociabilización), ballet, artes marciales o que aprenda a tocar la Txalaparta. Las llamadas actividades extraescolares. O sea, menos tiempo de contacto en casa.
Así es muy difícil que el niño goce de una correcta estabilidad emocional y vienen los síntomas. Del hijo y de los padres. Y no puede extrañarnos. Es lo más lógico.
Los que atendemos a niños como psicoterapéutas nos encontramos casi siempre con las mismas quejas: desidia total, o casi, ante el estudio y pésimos resultados académicos, que el niño no come o come demasiado, que está “enganchado” a las maquinitas con pantalla, que tiene miedos, dolores de tripa y otras somatizaciones, que no puede concentrarse, que hace grandes pataletas y no podemos con él, que nos agrede y toda una interminable serie de crujidos.
¡Que nadie se alarme! Tenemos pastillas para absolutamente todo. Y protocolos de todas clases para “arreglar” síntomas. Tenemos de todo menos capacidad para preguntarnos qué pasa y porqué. Bueno, siempre hay quien sabe interrogar las causas y escuchar las subjetividades de cada caso.
El tiempo que pasamos con nuestros hijos con una buena calidad relacional es extraordinariamente rentable, y muy posiblemente nos ahorre más de un dolor de cabeza en el futuro.
Debemos reivindicar con decisión y firmeza el poder pasar más tiempo con nuestros hijos y poder disfrutar con ellos y ellos con nosotros y no utilizar el poco tiempo que les dedicamos (este de las prisas) al exclusivo fin de “adiestrarlos”.
Como tan bien supo decir el famoso juez de menores Sr. Calatayud: Que los padres, la escuela y las administraciones se pongan las pilas…porque esto no puede ser…¡Hemos perdido los papeles!
¡Eso!, todos deberíamos ponernos las pilas y, si puede ser, recargables.
(i) UNICEF – Protección infantil contra el abuso y la violencia.

